sábado, 6 de marzo de 2010

Un poco de reflexión

Un humor muy serio

SE PREGUNTA ANTONIO CABALLERO, a propósito de los humoristas con talento, independencia, sentido estético, valor y compromiso con la verdad, si su oficio realmente tiene alguna utilidad. O si el trabajo diario del caricaturista es inservible, diríase incapaz de generar cambios tangibles con sus agudas ironías. Agrega el escritor —y también caricaturista— que quizá por ello es que el afamado Ricardo Rendón se pegó un tiro con una Colt calibre 25 en octubre de 1931.

Paradójicamente, de un tiempo para acá las caricaturas sí tienen un inusitado efecto sobre la realidad. Una caricatura sobre Mahoma en la que el turbante del profeta adquiere forma de bomba, publicada en el diario danés Jylland Posten en 2005, radicalizó las tensiones existentes entre el mundo occidental y algunos jefes islámicos que la consideraron irrespetuosa. El escándalo adquirió dimensiones planetarias. Hubo atentados terroristas, incendios de embajadas e imprecaciones al autor de la caricatura, Kurt Westegaard, quien incluso fue atacado con hacha y cuchillo por un somalí a principios de 2010. En franca represalia, periódicos europeos reprodujeron el dibujo junto a otros del mismo autor.

Motivado por estos hechos, el dibujante estrella del periódico Le Monde, Jean Plantureux (Plantu), lideró la creación de Cartooning for peace (Caricaturas por la paz), tras un encuentro con caricaturistas convocado por el Secretario General de las Naciones Unidas, Kofi Annan. De los más de setenta integrantes que componen la organización, algunos se encuentran en Bogotá en el marco del Foro Internacional de Caricaturistas por la Paz y la Libertad de Expresión. Cabe mencionar, además del mismísimo Plantu, al israelí Kichka, el belga Kroll, la argentina Ana Von Rebeur, el estadounidense Daryl Cagle, el francés Tignous, el ecuatoriano Bonil, la venezolana Rayma y el boliviano Trond. Una muestra bastante representativa de humoristas gráficos que compartieron mesa con el talento nacional de Betto, Bacteria, Vladdo y Calarca. Con ejemplos, exposiciones y amenas charlas se debatió sobre la importancia de la provocación, la impertinencia y el humor políticamente incorrecto que escapa al chiste con que algunos editores decoran las páginas editoriales.

Imposible de evitar, la intolerancia y la censura fueron abordadas. Y esta vez con prudencia, en tono de activismo porque más de un caricaturista ha pagado en el mundo con cárcel y onerosas cifras sus insinuaciones. El llamado era a que se constate que la tolerancia ha perdido la batalla frente a algunos radicalismos religiosos y regímenes políticos que no permiten la libertad de expresión. Con todo, en su momento, hubo quienes se opusieron a la publicación de la caricatura de Mahoma por considerar que no era el momento para activar enemistades ni la mejor manera de reflexionar sobre el mundo islámico. Se dijo, con razón, que la libertad de cultos y el ateísmo no debían ser irrespetuosos con los creyentes y sus líderes espirituales. Lo que no justifica las agresiones verbales y físicas que a la postre conducen a nuevas censuras y autocensuras.

Colombia también cuenta con sus propias recientes historias de restricción. Chócolo fue protagonista de un solapado ocultamiento oficial por una exposición en el Salón Regional de Artistas, porque en su dibujo a la pregunta “¿Tipo de sangre?” un militar responde “¡Falso positivo!”. Y difícilmente puede olvidarse la destemplada reacción del entonces gerente de la Federación de Cafeteros, Gabriel Silva, ante una caricatura de Mike Peters en la que se asocia el crimen organizado con la figura de Juan Valdez.

Todo lo cual, al final, indica que no es tan inocua la labor del caricaturista desde que más de uno se preocupa en reprenderla.


Editorial de EL ESPECTADOR. 18 Feb 2010