jueves, 10 de septiembre de 2009

La VIOLENCIA de mitad del siglo XX en caricatura


Tomado de: Revista Credencial Historia.
(Bogotá - Colombia). Mayo 2000. No. 125

Trabajo y selección por el profesor Darío Acevedo Carmona


En la década de 1940, la caricatura editorial de los principales diarios nacionales tuvo un marcado acento partidista y militante. Los caricaturistas se inspiraban en la realidad política del momento: un debate en el Congreso, la frase de un personaje influyente, un acto de gobierno, casos de corrupción, episodios de violencia, conflictos internos de los partidos, e incluso acontecimientos internacionales.

A partir de esos acontecimientos, se iniciaba el proceso de creación del dibujo en el que se incorporan elementos de tipo icónico y textual y en el que mostraban su destreza en el manejo de las dos habilidades que caracterizan al caricaturista, de las que habla Román Gubern en La mirada opulenta (1987), a saber, "la del dibujante y la del humorista".



Elementos preiconográficos de diversa naturaleza, adornos, aparejos, armas, emblemas, palabras, signos y señales, encuadraban en una lógica que da cuenta de la mentalidad de quien producía la obra, de su bagaje e influencias, de sus intereses y fines, así como del ambiente reinante. El caricaturista trataba de ser fiel al objetivo de ridiculizar con sus trazos una situación o a un dirigente político; la ironía, la mordacidad y el sarcasmo no faltaban, ni el espíritu de mofa; pero las pasiones partidistas cubrían los más importantes escenarios y la actividad periodística no escapaba a esa dinámica en la que el dibujante, adscrito a una colectividad de manera irremediable, realizaba su labor desde un ángulo militante. Esta es, pues, una característica distintiva de la caricatura política en el período.


Si bien la tradición de la caricatura política en Colombia desde el siglo XIX muestra estos caracteres y ha estado asociada a intereses políticos, como se puede constatar en los trabajos de Germán Arciniegas, José León Helguera, Germán Colmenares, y Beatriz González en su serie de exposiciones para el Banco de la República, nunca antes se había llegado a un nivel de tanta elaboración sistemática ni de tanta polarización partidista como el de estos años. En el período, los caricaturistas de todos los diarios se destacan por convertir su labor en una tribuna más del combate sectario entre partidos. Se fustiga al rival, se le asocia con lo negativo y con lo que representa destrucción, a la vez que se ensalza la condición y las virtudes propias. Se podría inferir que el carácter sesgado de esta fuente histórica dificulta el análisis, como lo sostuvo Germán Colmenares, lo cual sería aceptable si el propósito fuese el de reunir información sobre acontecimientos puntuales o el de establecer la secuencia de los hechos; pero, en la perspectiva de obtener elementos útiles para saber del ambiente y de las circunstancias espirituales, del conjunto de valoraciones simbólicas que alimentaban el conflicto, es por el contrario una fuente de singular importancia, como lo es también la palabra de los protagonistas en los discursos, en los editoriales y en otras formas de expresión, porque ellas nos dan la oportunidad de rehacer el cuadro de los imaginarios políticos en los que se inspiraba y se inscribía el accionar político cotidiano.

Las imágenes y recursos icónicos empleados eran auxiliados con textos como letreros y leyendas, diálogos, consignas y versos, de tal forma que texto e imagen se conjugaban dando lugar a un mensaje homogéneo, unitario, sin equívocos, contundente, en el que los distintos componentes de la viñeta tenían un sentido sólo en cuanto estaban asociados con los demás elementos y en cuanto contribuían a aclarar el contenido latente, que a la vez que dice de una forma de mirar lo que está sucediendo, también muestra una intencionalidad política clara. Resume la política editorial del periódico y el pensamiento del partido o facción partidista con el que se identificaba. Los caricaturistas eran reiterativos y recurrentes en el uso de algunas simbolizaciones, en apoyarse en ciertos estereotipos y en acometer contra determinados personajes, casi hasta la obsesión, causando la impresión de estar haciendo un producto meramente propagandístico. Ernst Cassirer en El mito del Estado nos da la clave para comprender mejor este asunto, cuando explica que en las sociedades modernas la lucha por el poder ha involucrado técnicas de propaganda masiva a través de las cuales se orienta y se manipula a la opinión pública.

La caricatura de entonces, sin duda, cumplía funciones de propaganda política al irradiar la opinión pública con sus representaciones, sus conceptos e ideas moldeadas en imágenes metafóricas o analógicas.

En El Tiempo encontramos a varios caricaturistas identificados con su apellido o con pseudónimo: Arango, Serrano, González, Rincón, Franklin, López R., Chapete, K.O., Quin, entre quienes se destacan Bernardo Rincón, Chapete (Hernando Turriago), Serrano y Jorge Franklin Cárdenas, en cuanto a mayor número de dibujos. El Liberal en cambio, trae siempre los cuadros de Adolfo Samper. En El Siglo, la mayoría de las caricaturas aparecen firmadas con pseudónimo: Jack Monkey, Pin Pon, Grans, O.K., Belmol, Joselim, Chaplin, Donald, Mickey, uno que se identificaba con el símbolo del pescado y otro con el dibujo de un ratón; muchos de estos pseudónimos ocultaban la ingente labor de un solo caricaturista: José (Pepe) Gómez Castro, hermano de Laureano.



El formato de las viñetas era rectangular o cuadrado, generalmente tenían un título a manera de abrebocas o encabezamiento, en veces textos y/o diálogos de los personajes dibujados; también van acompañadas de letreros o palabras que ayudan a designar algo o alguien o para dejar en claro un mensaje o un icono, por ejemplo, el hombre viejo de sombrero ancho, ruana negra y barbado con que se representaba al conservatismo en la prensa liberal, casi siempre llevaba impresa la palabra "conservatismo", y fue tan reiterativa que prácticamente se convirtió en un arquetipo. Parafraseando a Lorenzo Vilches, podríamos decir que en la caricatura, como en los comics, "imagen y texto mantienen una vinculación indisociable", siendo erróneo considerar la una o el otro como apéndices.
Los símbolos utilizados, de carácter político, social o religioso, eran conocidos y tuvieron amplio despliegue en el discurso escrito y hablado de la época en el mundo y en Colombia. Acá adquiere pertinencia la reflexión de E.H. Gombrich acerca de las imágenes simbólicas, en el sentido de que la tarea de interpretación de ellas sólo es factible teniendo en cuenta el contexto en el que están insertas y que, en tal sentido, "la misión del historiador es determinar el significado preciso de los símbolos utilizados por el artista". Los más recurrentes fueron: la hoz y el martillo, la cruz gamada, la cruz católica, las marianas, la justicia, la muerte, animales, sangre, fuego, muertos y cruces, monstruos y uniformes o vestimenta fascista, comunista y falangista.


TEMAS RECURRENTES

El universo temático en torno del cual giró en gran medida la creación de caricaturas editoriales es similar en ambos frentes, aunque se notan diferencias de énfasis. Como ya se ha dicho, estos temas van asociados a personajes, a los partidos y a los periódicos, bien de manera gráfica, o por medio de leyendas y diálogos. La muestra analizada (unas 650 láminas) deja ver lo siguiente, en cuanto a frecuencia de alusiones:



El Tiempo, El Liberal:

violencia.......................69
asuntos electorales.............39
cuestión religiosa..............13
comunismo.......................13
regímenes extranjeros...........11

El Siglo
asuntos electorales.............58
corrupción......................41
violencia.......................40
comunismo.......................27
regímenes extranjeros...........13
cuestión religiosa...............5

Mientras para los caricaturistas de El Siglo el tema más relevante fue el electoral, para los de la prensa liberal lo fue el de la violencia. Esto puede tener una explicación lógica: en la mayor parte del período estudiado el poder estuvo en manos liberales y, como hemos visto, para los conservadores eso implicaba fraude, cédulas falsas, ausencia de garantías para la oposición, y por tanto imposibilidad de reconquistar el poder por vía electoral. Caricatura, producción editorial y discurso político están impregnados de esta temática. Para los liberales el asunto más agobiante era el de la violencia, por cuanto su adversario, en su calidad de minoría fanática, apelaba a la conspiración, al choque físico, al aplanchamiento de liberales, al terror en los campos y a otros métodos de fuerza para obtener por esa vía lo que no podía alcanzar por medios legales.


Otra peculiaridad que se observa es que El Siglo otorgaba apreciable importancia al fenómeno de la corrupción en los gobiernos liberales. El tema religioso, caballo de batalla del discurso conservador, no ocupó, por lo menos de manera explícita, el interés de los caricaturistas de El Siglo en la misma medida que en la sección editorial, teniendo en cambio mayor número de referencias en la prensa liberal, sobre todo en la coyuntura de la reforma concordataria en 1942.

La violencia, que era concebida en el discurso como producto de un plan siniestro del otro para mantenerse en el poder o para recuperarlo, era presentada en la caricatura para reafirmar el carácter del enemigo. Mientras el conservatismo consideraba que la violencia se originaba en el fraude aupado por los liberales, éstos pensaban que la violencia era una táctica de los conservadores para ganar el poder, ya que como partido minoritario no tenía oportunidad de alcanzarlo por vías legales. Las caricaturas, más que acolitar o incitar directamente a los procedimientos violentos, retratan víctimas, duelos, victimarios, señalamientos, acusaciones, escenas de destrucción y secuelas de los procedimientos bárbaros de un "otro" real, específico y con nombre propio. En los editoriales y en los titulares de las noticias de los periódicos de las dos tendencias era cosa corriente el uso de términos como: chusma, matones, bandidos, maleantes, bárbaros, fascinerosos y terroristas, para estigmatizar al adversario y colocar a la sociedad ante la dicotomía: tradición-barbarie según los conservadores, o libertad-violencia según los liberales.

Con respecto al asunto electoral, éste fue un ingrediente de primer orden en esas lides. La búsqueda de acuerdos en la materia fue incesante por varios años, pero primaba la desconfianza y el temor ante las maquinaciones y los abusos de los gobernantes; además, como en cada período presidencial se realizaban elecciones diferentes en tres años, el país vivía prácticamente en función de las campañas electorales, con toda las tensiones que en ellas se producían, como acertadamente lo señala el historiador David Bushnell. Lo que se observa en las caricaturas es, entonces, cédulas falsas por montones, leyendas y diálogos en los que se plantea el fraude, burlas y esguinces a los proyectos de ley y a los acuerdos electorales, muerte de personas, y otras formas de violencia para intimidar a los votantes y funcionarios nacionales y de provincia que manipulan resultados.

Las alusiones a regímenes dictatoriales extranjeros --nazista, fascista y falangista, muy utilizados para desprestigiar a los conservadores, y el comunista para señalar a los liberales--, cumplían la función de ayudar al proceso de significar la imagen hegemonista o dictatorial del contrario. La imagen impregnaba el ambiente y esos mensajes eran leídos y vistos como certezas por la población. Se tomaban tan en serio, que los editorialistas escribían aclaraciones con el fin de demostrar lo erróneo de algunas acusaciones. Veamos algunas caricaturas:

En El Siglo, la violencia liberal es representada con la alegoría del dragón (adverso a lo espiritual y perversión de las cualidades superiores, según Cirlot), al que un dirigente (al parecer Carlos Lozano) le afila las uñas. Las limas son "sectarismo" y "cruce"; esto último alude al sistema vigente de gobierno de Unión Nacional, en el que los cargos más importantes del ejecutivo se repartían entre los partidos). Tal acuerdo, en ese momento, vivía su crisis definitiva. Al fondo, en actitud de asombro, un hombre común como era generalmente dibujado el pueblo y a veces la opinión pública.

Dos políticas liberales nuevabrileños comenta sobre su intervención a favor de los anonimatos de esa fecha. Aparecen con chapas que no son de la policía y con rulas, cosa anormal en la dotación de los agentes, con lo que se quiere significar que esos policías no ejercieron el orden, sino que propiciaron la violencia durante el Bogotazo del 9 de abril de 1948, y que le jefe de ellos, el Dr. Cruz, que es liberal, no los ha retirado del servicio.

El liberalismo es dibujado como un bandido armado con rula "9 de abril" y una tea, con las que ha causado muertes e incendios en diversos pueblos. Con la leyenda se esta indicando que la violencia es la forma de proceder de los militares liberales. Es el primer aniversario del 9 de abril del 48, y esta fecha es utilizada para estigmatizar al liberalismo responsabilizándolo de lo sucedido. La cara y los hechos nos dicen a quién enfrentamos, según el caricaturista.

Un ser bárbaro, prehistórico, simioide, grita "viva el partido liberal", porta amenazante la rula de la "violencia" y una tea y camina por un mar de sangre que sale de dos cementerios de víctimas conservadoras: Chita y Maripí, lugares donde ocurrieron masacres contra conservadores. La violencia es, pues, propia de los liberales y éstos son asimilados a seres incivilizados y bárbaros.
Por su parte, según los liberales, la violencia es un hombre grotesco y bárbaro --el conservatismo-- armado con rula al cinto, que le da látigo a una criatura indefensa, la Unión Nacional. Una señora, que es la "opinión", le reclama por tal agresión. Se insinúa que el conservatismo, creador de la propuesta de Unión Nacional, no la deja progresar con su fanatismo.

Un hombre armado en actitud de cruel bandido --el conservatismo-- mata opositores y va restando cédulas liberales: "...cuatro cédulas menos". La violencia es el conservatismo o viceversa. El título es bien claro: es con la violencia como el conservatismo busca la mayoría, tal como se sostenía en los editoriales.

Un hombre de sonrisa siniestra (el arquetipo sobre el que tanto insistió Samper), enruanado, de alpargatas y armado de escopeta (recién disparada), revólver y rula en la cintura --el conservatismo--, ante un cementerio de víctimas liberales, expresando en un juego de palabras que es así como cumple la promesa de rebajar el costo de vida.

La violencia es el conservatismo representado por un ser simiesco, sentado en el banquillo de los acusados, rula al cinto, que tiene las manos ensangrentadas y que avergüenza a sus representantes en el Congreso (el que se tapa la cara), quien se pregunta "cómo voy a poder defenderlo". El motivo simioide para denotar el carácter violento del otro es usado por los dibujantes de los dos bandos.

La policía política, Popol (dibujada como un bandido que encubre su rostro) y dos policías uniformados, de Boyacá, realizan una acción de patrullaje y de cacería de liberales. El policía que lleva la cabeza de un liberal en una vara insinúa la sumisión y colaboración entre las dos instancias, policía y bandidos, para cazar liberales. Esa es la "completa calma" que existe en Boyacá, según el gobierno.
Alegoría de la muerte con su guadaña que representa la "violencia conservadora" y que va caminando por un sendero de muerte (cruces), con un pesado y enorme baúl donde lleva "víctimas liberales". Alude a la oleada de muertes violentas que antecede a la reunión de la Conferencia Panamericana en Bogotá.

Una señora gorda, armada con una rula (motivo que se repite en varias láminas), representa la hegemonía conservadora dirigiendo el asalto a aldeas liberales. El grupo de ataque está conformado por el conservatismo --un cerdo--, los bandidos godos y la policía chulavita. La mujer los alienta con una frase en la que aparece usada en contrasentido la palabra "garantías", como que ellos la entienden por destrucción.

http://www.lablaa.org/blaavirtual/revistas/credencial/mayo2000/125caricatura.htm

1 comentarios:

La caricatura se burla del poder dijo...
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